
El catecismo
Catecismo: el eco vivo del amor de Dios
Dios, infinitamente perfecto y plenamente feliz en sí mismo, no creó al ser humano por necesidad, sino por amor. En un designio de pura bondad, quiso compartir su vida bienaventurada con nosotros, llamándonos a existir para participar de su alegría, de su luz y de su eternidad. Desde el inicio de los tiempos, Dios no ha dejado de acercarse al corazón humano: nos busca, nos llama, nos sostiene y nos invita a conocerlo y amarlo con todas nuestras fuerzas.
A lo largo de la historia, aun cuando el pecado dispersó a la humanidad, Dios nunca se rindió. Convocó nuevamente a sus hijos a la unidad, formando una sola familia: la Iglesia. Y cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo Jesucristo como Redentor y Salvador. En Él y por Él, somos llamados a ser hijos adoptivos del Padre, herederos de su vida eterna, guiados por la fuerza y la ternura del Espíritu Santo.
Jesús, antes de volver al Padre, confió esta misión a los apóstoles: anunciar el Evangelio a todas las naciones, bautizar, enseñar y formar discípulos. No los dejó solos; prometió permanecer con ellos todos los días hasta el fin del mundo. Fortalecidos por esa promesa, los apóstoles salieron a predicar con valentía, y el Señor confirmaba su palabra con signos y maravillas. Así nació la transmisión viva de la fe, un tesoro recibido, custodiado y entregado de generación en generación.
Quienes han acogido este llamado de Cristo, movidos por su amor, sienten en el corazón el deseo ardiente de anunciar la Buena Nueva. La fe no se guarda, se comparte; no se encierra, se vive. Se anuncia con la palabra, se testimonia con la vida, se celebra en la liturgia y se fortalece en la oración. La fe crece cuando se vive en comunidad, cuando se convierte en comunión fraterna y en servicio generoso.
Dios, infinitamente perfecto y plenamente feliz en sí mismo, no creó al ser humano por necesidad, sino por amor
La catequesis: educar el corazón en la fe
Desde los primeros tiempos de la Iglesia, este proceso de formar discípulos recibió un nombre: catequesis. La catequesis es mucho más que enseñanza; es acompañamiento, es iniciación, es camino. Ayuda a niños, jóvenes y adultos a descubrir que Jesús es el Hijo de Dios y a vivir plenamente la vida cristiana que brota de esa fe.
La catequesis se integra armoniosamente con toda la misión pastoral de la Iglesia: el primer anuncio del Evangelio, la búsqueda de razones para creer, la experiencia de vida cristiana, la celebración de los sacramentos, la integración en la comunidad y el testimonio misionero. No se separa de la vida, la ilumina; no se reduce a ideas, transforma el corazón.
A lo largo de los siglos, la Iglesia ha reconocido que su crecimiento interior y su fidelidad al plan de Dios dependen profundamente de la catequesis. Por eso, en los grandes momentos de renovación eclesial, santos pastores y teólogos dedicaron lo mejor de su ministerio a formar la fe del pueblo: san Agustín, san Ambrosio, san Juan Crisóstomo, san Cirilo de Jerusalén y muchos otros, cuyas enseñanzas siguen siendo luz para nuestro tiempo.
Los concilios han sido fuente constante de renovación catequética. Desde el Concilio de Trento, que dio origen al Catecismo Romano, hasta el Concilio Vaticano II —considerado un verdadero catecismo para el mundo moderno—, la Iglesia ha reafirmado la necesidad de presentar la fe de manera clara, fiel y accesible. De este camino nació el Catecismo de la Iglesia Católica, impulsado por san Juan Pablo II, como respuesta a una necesidad profunda de la Iglesia universal.
Una fe que se aprende, se vive y se ama
El catecismo no es un libro frío de normas, sino una guía viva que nos conduce al encuentro con Dios. Es memoria agradecida, enseñanza fiel y camino seguro. Nos ayuda a comprender lo que creemos, a celebrar lo que vivimos y a anunciar lo que amamos.
En esta sección del Catecismo, queremos ofrecerte ese tesoro: una fe explicada con claridad, vivida con amor y transmitida con esperanza. Porque conocer la fe es amar más profundamente, y amar a Dios es el sentido más pleno de la vida.

La palabra diaria: Encuentro vivo con Dios en nuestra realidad
Leer la Palabra de Dios cada día no es simplemente una práctica religiosa; es un acto de amor, de conexión y de transformación personal. Cada versículo, cada salmo, cada evangelio contiene un mensaje eterno que nos habla con fuerza en medio de nuestras circunstancias actuales. Y cuando nos detenemos a meditarla con el corazón abierto, descubrimos que la voz de Dios sigue viva y cercana, guiándonos en nuestra cotidianidad.
Dios no se quedó en el pasado ni en los tiempos bíblicos. Sigue hablándonos hoy, en pleno siglo XXI, en medio de nuestra agitada vida diaria. Por eso, leer la Palabra diaria no es una rutina más, sino un alimento para el alma. Nos ayuda a mirar con otros ojos nuestras preocupaciones, decisiones, relaciones, trabajos y luchas internas. Porque cuando meditamos las lecturas del día y los salmos con calma y fe, encontramos respuestas, consuelo, dirección… y, sobre todo, amor.
El evangelio diario no solo narra la vida de Jesús; nos invita a vivir como Él, a tener sus actitudes, a mirar al otro con compasión, a actuar con justicia y a amar con todo el corazón. Cuando llevamos ese mensaje al terreno real —a nuestro hogar, a nuestro trabajo, a nuestras redes, a la calle— entonces Cristo comienza a manifestarse a través de nosotros.
Meditar no es repetir, es interiorizar. Es dejar que esa Palabra cale hondo y nos transforme por dentro. Nos ayuda a ver que no estamos solos, que Dios camina con nosotros y que nuestra vida tiene un propósito eterno.
Desde “Aferrado a Él” te invitamos a hacer de este hábito diario un estilo de vida. Que cada día sea una oportunidad para encender el alma, para reconectar con el mensaje de esperanza, y para ser portadores del amor de Cristo al mundo entero. Porque solo cuando dejamos que la Palabra se haga carne en nosotros, podemos convertirnos en luz en medio de tanta oscuridad.
Hoy, más que nunca, el mundo necesita amor verdadero… y ese amor está en la Palabra Viva de Dios.







