Las manos del rebusque: oficios que sostienen a Neiva
Manos curtidas por el sol, por el agua del río, por el calor del asfalto y por la constancia de quienes, desde la informalidad, sostienen la vida cotidiana de la ciudad. Estas son Las manos del rebusque


Imagen de un tejedor de atarrayas
En Neiva, la capital del Huila, hay un lenguaje silencioso que se habla todos los días sin necesidad de palabras. Es el lenguaje de las manos. Manos curtidas por el sol, por el agua del río, por el calor del asfalto y por la constancia de quienes, desde la informalidad, sostienen la vida cotidiana de la ciudad. Son manos que no figuran en grandes discursos, pero que construyen identidad, alimento y dignidad.
Las manos del vendedor de helados conservan el frío y la dulzura, recorriendo calles y parques para aliviar el calor intenso del mediodía. Son manos ágiles, pacientes, que conocen los rostros de los niños y el ritmo exacto de la espera. En ellas hay infancia, descanso y una sonrisa que se sirve en cono o vasito.
Las manos del lanchero llevan la memoria del río Magdalena. Son manos firmes, marcadas por la cuerda y el remo, que conocen las corrientes, los silencios y los peligros del agua. Con cada viaje, transportan más que personas: llevan historias, rutinas y la certeza de que el río sigue siendo camino y sustento.
Las manos del tejedor de atarrayas hablan de herencia. Cada nudo es un saber transmitido, una técnica ancestral que se aprende mirando y repitiendo. En esos dedos se cruzan paciencia, precisión y tiempo. No solo tejen redes: tejen la relación profunda entre el hombre, el río y la pesca.
Las manos de la vendedora de pescado conservan el olor del amanecer. Son manos que seleccionan, limpian y ofrecen el alimento diario, recordándonos que el trabajo empieza antes de que la ciudad despierte. En ellas hay fuerza, resistencia y una economía que depende del día a día.
Las manos de la vendedora de arepas de maíz guardan el calor del fogón. Amasan tradición, giran la arepa con destreza y sirven historia en cada bocado. Son manos que alimentan cuerpos y también memorias, porque el maíz es raíz y hogar.
Las manos del zapatero conocen el peso del caminar. Remiendan suelas, ajustan costuras y devuelven vida a lo que parecía gastado. Son manos que enseñan que reparar también es un acto de amor y resistencia frente a lo desechable.
Las manos del vendedor de dulces y del maní son pequeñas fábricas de constancia. Abren bolsas, cuentan monedas, endulzan trayectos. Parecen simples, pero en su repetición diaria sostienen familias enteras y llenan de sabor las esquinas de la ciudad.
Las manos del vendedor de mazamorra mezclan paciencia y tradición. Remueven lentamente, esperan el punto exacto, sirven con calma. Son manos que invitan a detenerse, a conversar, a recordar que lo simple también nutre el alma.
Estas fotografías no retratan solo manos: retratan dignidad. Cada arruga, cada marca y cada gesto cuentan la historia del rebusque, de la economía informal que sostiene a Neiva desde el esfuerzo silencioso. Son manos que no se rinden, que trabajan sin escenario, pero con un profundo sentido de pertenencia.
En ellas vive la ciudad real. La que madruga, la que resiste, la que no se ve… pero que lo sostiene todo.













